Un amigo me comentaba recientemente que a un coche que tenía hace algún tiempo se le estropeó el claxon y que eso le convirtió en un conductor zen.

Si otro coche, me comentaba, le cerraba en doble fila, lo único que podía hacer era esperar a que la persona decidiera acercarse a quitar el vehículo. Si alguien se paraba en medio de la calle a hacer carga y descarga, por ejemplo, no podía pitar para avisar de que él estaba esperando, sólo le quedaba respirar hondo y esperar.

Pues bien, algo parecido me ha pasado a mi esta semana, a la que ya he bautizado como semana zen.

El pasado martes, mientras preparaba un proyecto, mi ordenador decidió unilateralmente dejar de funcionar. Cuando lo llevé a la tienda y tras 24 horas de espera me dieron el fatal diagnóstico: muerte súbita de no sé que pieza que hacía inútil intentar repararlo. Y encima [sic] tuve suerte porque cinco años no le dura a nadie un portátil…

Así que armado de paciencia y de actitud zen e indignado con una sociedad que puede llegar a la luna pero a la que los ordenadores le duran cinco años en el mejor de los casos, sali a comprar otro ordenador. El problema no reside ahí, ni siquiera en el atraso de trabajo acumulado por carecer de ordenador durante dos días sino en que el nuevo ordenador venía con Windows Vista instalado.

En la práctica esto significa que todos los programas que venía usando no funcionan en este nuevo sistema operativo lo que me ha hecho perder no sé cuántos días más intentando solucionar este pequeño contratiempo. Ahora ya sé que como mi amigo, la tecnología, o mejor dicho la falta de ésta, nos puede convertir en personas mucho más zen, en personas que aprenden a fluir con el momento.
Y por ello quiero dar las gracias a mis maestros de Windows que me han convertido en una persona infinitamente más zen estos últimos días.

Sergio Fernández

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