Este fin de semana me sucedió algo curioso. Tras una frugal pero exquisita comida me entró sueño. Como tenía cosas que hacer y no me daba tiempo a echarme una breve siesta decidí vivir al límite y me tomé un café.
 
 
Digo lo de vivir al límite porque normalmente no tomo café; me excitaba demasiado.
 
La sorpresa vino no cuando el café me quitó el sueño sino cuando no me puso especialmente nervioso.
 
Me sorprendió porque yo pensaba que me ponía muy nervioso y de repente no lo hizo.
 
Así que como uno tiene cierta vocación de experimentador, me tomé otro. Y… sorpresa… tampoco me puso especialmente nervioso!
 
Entonces me di cuenta de que aún sin estar especialmente interesado en ingerir café, ya que en la medida de lo posible trato de evitar sustancias tóxicas o excitantes, me di cuenta de que si quería, podía tomar café sin acelerarme.
 
Y esta pequeña anécdota me hizo reflexionar sobre los límites que nos ponemos a nosotros mismos, sobre las normas o reglas que en un momento de la vida nos resultan útiles pero que en otro momento pueden caducar sin que ni tan siquiera seamos conscientes de ello.
 
Y entonces me acordé de esta anécdota que explica lo que hace que los elefantes no se marchen de los circos: cuando un elefante es pequeño y le atan con una cuerda a una palo anclado en el suelo, aunque el elefante tire, no puede romper el palo ni despegarlo del suelo.
 
Esto hace que el elefante antes o después se rinda y cese de intentar romper el palo. Así que cuando el elefante es mayor y podría no sólo romper el palo sino incluso un árbol, ni tan siquiera lo intente.
 
Por eso, hoy te invito a que te preguntes cuáles son los palos que en un momento dado te ataban pero que a lo mejor hoy no son lo suficientemente fuertes. También te invito a que te preguntes si hay alguna regla, que como yo con el café, ha cambiado sin que a lo mejor te hayas dado cuenta de ello.
 
Además te invito a que vivas intensamente el día de hoy. ¡Y esto porque sí! 😉
 
Sergio Fernández
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