Seguro que te ha pasado.

Te encuentras con un antiguo compañero del colegio, del instituto, de la Universidad o de un antigua trabajo. Lleváis sin encontraros varios años.
 
Preguntas enlatadas. Como las risas de los concursos: ¿Qué tal te va? ¿Qué haces ahora? ¿Dónde vives?… Lo suficiente como para hacerte un mapa prejuicioso a aproximado sobre esa persona.
 
Y entonces si decides escuchar, puede incluso pasarte que la otra persona no se interese nada por tu vida. Puede ser que no te haga ninguna pregunta más allá de lo convencional. Pero si tú escuchas y asientes y estás interesado y prestas atención, lo más fascinante es que la otra persona, antes de despediros, te dirá que está encantada de verte y que desea volver a verte de nuevo. Te dirá incluso que le pareces una persona excepcional. Y yo me pregunto… ¿Cómo puede ser eso, si lo único que ha hecho ha sido hablar y no sabe nada de mi?
 
Esto sucede todos los días. ¿Por qué? Porque cada vez menos personas escuchan y prestan atención sincera a los demás. Mi conclusión: alguien que escucha es un oasis en el desierto.
 
Por cierto, ¿Escuchas a los demás cuando hablan o estás más pendiente de decir algo ingenioso, de contar tu propia historia o de responder cuando la otra persona habla?
Una observación a este respecto: no pasa absolutamente nada por quedarse callado cuando la otra persona está hablando. Puedes tomarte un rato para pensar o para sentir lo que la otra persona ha dicho.
 
Sergio Fernández
 
 
 

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