Me gusta pensar que las cosas que me suceden son como metáforas de lo que está pasando en mi vida. Ayer, sin ir más lejos, y tras unas semanas con un ritmo de actividad algo excesivo, mi coche se quedó sin gasolina. Que era exactamente lo que me estaba pasando a mi…

 
En cualquier caso, lo que quiero contar hoy es lo que sucedió cuando el coche se paró.
 
Regresaba a casa, y sabía que tenía que echar combustible, y de hecho venía hablando de ello con la amiga con la que regresaba a Madrid. Y justo a dos manzanas de mi garaje agoté la reserva de gasolina. Dos manzanas, alrededor de 200 metros, no es mucho pero teniendo en cuenta que las calles son de un único sentido y que tienen cierta, bastante, pendiente, empujar el coche no resultaría una labor tan sencilla.
 
Así que rápidamente y para no obstaculizar el tráfico mi amiga y yo nos bajamos y nos pusimos a empujar, muy lentamente eso sí, el vehículo. En ese momento pasaban tres chavales que se quedaron mirándonos para un instante después sumarse a empujar el coche. Les di las gracias y mientras lo hacía, otro voluntario se sumó a la tarea. Empezamos a remontar el coche y cuando me di la vuelta [yo dirigía el volante desde la ventanilla del conductor abierta] unos metros más adelante ya eran como diez las personas que estaban empujando el coche: ¡Un auténtico ejército de voluntarios/as se sumó a empujar el coche!
 
Hicimos el trayecto cuesta arriba, les expresé mi más sincero agradecimiento y desaparecieron con la misma rapidez con la que habían llegado, dejando, eso sí, el coche en la puerta del garaje. Misión cumplida, pensamos. Pero no, resulta que hay un bordillo que el coche sube normalmente sin ningún problema pero que dos personas empujando no pueden vencer. Así que apenas medio minuto más tarde recluté, esta vez ex profeso, otro ejército de cinco o seis personas que nos ayudaron a vencer el bordillo y a meter el coche, al fin, dentro del garaje.
 
Y cuento todo esto porque rápidamente me di cuenta de algunas cosas:
 
– Si tienes un fin noble, siempre habrá alguien que se sume a tirar del carro.
 
– Si necesitas ayuda y la pides, las personas son más proclives a ofrecerla que a no hacerlo. En el fondo, la mayoría de nosotros, reconozcámoslo, nos sentimos bien ayudando al prójimo. Nos hace sentir importantes.
 
– Cuanta más gente haya en un proyecto, más gente querrá sumarse. Sobre todo si se lo están pasando bien. La verdad que era graciosa la escena de varias personas empujando un coche y haciéndolo en español y en inglés porque parte de los que empujaban no hablaban castellano…
 
– En el fondo, nos gusta participar de proyectos que tienen un objetivo claro y estimulante: remontar un coche dos manzanas es un objetivo claro, bien definido y motivante, ya que era cuesta arriba y el equipo era internacional, desconocido y seleccionado al azar…
 
– Por último me di cuenta de que no hay nada mejor que ponerse a resolver los problemas sobre la marcha y con los recursos de los que uno dispone en ese momento.
 
Por cierto, y hablando de liderazgo y equipos. He leído hace poco un libro que se llama Tribus y del que me estoy acordando mientras escribo este post. Te lo recomiendo. Aunque creo que ya hablaré de ello en otro post.
 
Sergio Fernández 
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