El jueves tuve la ocasión de presentar Vivir sin jefe en Pamplona.

Además de pasar un día estupendo conociendo emprendedores que están haciendo trabajos muy interesantes, me reencontré con un amigo al que llevaba mucho tiempo sin ver y por si fuera poco, de vuelta a casa, en el tren pusieron una película que disfruté enormemente: Destellos de genio.

Esta película cuenta la lucha que un inventor, Kearns, libró contra la marca Ford después de que ésta le robara una patente. Una película muy interesante sobre el valor de la persistencia, sobre la importancia de creer en uno mismo y sobre la importancia de ser fiel a los valores de uno mismo. También es una reflexión sobre las consecuencias que puede tener todo lo anterior. Me ha encantado, en definitiva.

Pero este post lo he empezado porque me ha llamado la atención algo que me pasó ayer. Una radio quería una entrevista sobre Vivir sin jefe. Hasta aquí todo normal; de hecho no sé ya ni cuántos cientos de entrevistas llevo hechas. Lo que me sorprendió es que esta emisora no me la hizo finalmente porque el requisito era hablar en vasco. Mi pregunta inmediata fue ¿No entienden español los oyentes de esta emisora?

La respuesta es obvia: sí.

Comprendo muchas cosas pero creo que necesito una lección especial para que alguien me explique cómo una lengua en común puede ser empleada para separar en lugar de para permitir el diálogo. Ójala mis oyentes entendieran inglés, por ejemplo, para que yo pudiera hacer más ricos mis espacios de radio con intervenciones de personas de otras culturas y cosmovisiones.
Me quedé tan asombrado que aún hoy estoy dándole vueltas al tema de qué hemos hecho mal, supongo que cada uno a su manera, en España para que sucedan cosas tan delirantes como ésta.
Y a mi, como periodista, me surge además otra pregunta. ¿A quién entrevistarán en esta emisora cuando hayan entrevistado a todos los vecinos de su aldea?

De todas maneras, del día de ayer me quedo con la amabilidad de Pamplona, ciudad que estuvo muy presente en mi vida en el pasado, y que ayer, después de algún tiempo, me dejó con el mismo buen sabor de boca de siempre.

Sergio Fernández

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