Hace dos fines de semana tuve ocasión de ver Ágora, la última película de Alejandro Amenábar.

No me importa decir públicamente que no soy amigo de las grandes superproducciones y esta en concreto ha costado alrededor de 50 millones de euros. Sin embargo, fueron dos los motivos que me impulsaron a verla. El primero es que varios amigos me hablaron bien de la cinta.

El segundo es que el hecho de que esta película esté encontrando problemas de distribución en Estados Unidos tenía que significar algo… ¡Y vaya si es así!

La película está ambientada en la Alejandría de finales del Siglo IV. Momento en el que las revueltas religiosas ponen en peligro la biblioteca de Alejandría. Allí, la astrónoma Hipatia, una de las protagonistas de la película, quiere conservar la sabiduría del Mundo Antiguo.

Hasta aquí, una película más en la que se han gastado una pasta en decorados.

Lo interesante viene cuando la película hace una crítica a lo que supuso el cristianismo frente a la sabiduría del mundo antiguo. La película habla de los dogmas frente a la ciencia; del fanatismo frente al respeto; de la intransigencia frente al diálogo; del discurso de Jesús frente a los que se adueñaron [aún hoy] de éste…

Y esta mañana, en una conversación sobre el peligro del Pensamiento único, ese que tanto se lleva hoy en día por mucho que digan lo contrario, recordaba una anécdota que me sucedió la semana pasada.

El lunes 9 de noviembre participé en la madrugadora Tertulia Capital, de Intereconomía. El tema del día era lógicamente el aniversario de la Caída del Muro de Berlín. Yo lo que dije es que cualquier caída de cualquier muro, cualquier recuperación de libertad de una persona siempre merecía celebración, pero que la fecha podría ser buena ocasión para preguntarse si de este lado del muro lo estábamos haciendo tan bien. A lo mejor es momento para preguntarnos si este modelo que damos por sacrosanto y que parece no admitir crítica alguna es el mejor posible o requiere de alguna mejora. En la película Ágora se observa que la semilla de todos los males radica en la ausencia de crítica con respecto a lo que uno cree o piensa.

Creo que la crisis actual podría ser una excelente oportunidad para plantearse qué hemos hecho bien y qué hemos hecho mal. No sólo como sociedad sino cada uno de nosotros. Para mi está claro, el cambio sólo vendrá cuando cada uno de nosotros a nivel individual cambie de nivel de conciencia.

Y películas como Ágora nos muestran de manera clara cómo uno de los objetivos del Poder, en cualquier momento, ha sido siempre imponer unos dogmas para mantener el status quo. Me ha gustado tanto la película que voy a empezar las gestiones para llevar a su director, Alejandro Amenábar, a la radio para charlar con él sobre la película y su mensaje.

Sergio Fernández
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