Con motivo de la operación de un familiar [nada grave finalmente], estos días he estado acudiendo al Hospital en el que se encontraba.
 
Sostengo que los hospitales, además de ser un excelente sumidero de energía para sus visitantes y moradores, pueden agudizar, y con frecuencia lo hacen, la lucidez de los que aparecen por allí.
 
En este caso, y en el transcurso de una de esas conversaciones que se producen en los pasillos, eso que los ingleses llaman “small talk”, una persona me dijo “debería ser obligatorio para todo el mundo asistir a un hospital al menos una vez al año para no olvidar lo efímero de la vida”.
 
Me encantó la idea y yo añadí además que esas visitas obligadas las deberían patrocinar las empresas, como manera de prevenir la desmesura, la competitividad desmedida o las rencillas entre sus miembros.
 
La verdad que no sé si soy capaz de visualizar al jefe de departamento de una empresa media explicando a sus trabajadores que hay un autobús en la puerta que los va a llevar a una bonita excursión de Navidad, primero al Doce de Octubre y después a la Clínica Ruber, pero lo que sí que sé es que en demasiadas ocasiones perdemos el norte al olvidarnos de lo efímero de todo esto.
 
Sergio Fernández

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