Ayer viajé en una compañía de esas que autodenominan de bajo coste.
 
El problema no radica en el pésimo tratamiento recibido, en que uno pasa de ser cliente a ser lacayo o en que el asiento esté especialmente diseñado para un niño de cinco años…
 
Para mi, el principal problema radicó en que la tripulación no se calló un solo segundo durante todo el vuelo… instrucciones en caso de accidente, loterías, tiendas, teléfonos móviles, bebidas, después de nuevo otra vez bebidas, recogida de los restos de la bebidas, ¿necesitas un coche de alquiler?, una música estridente que se autofelicitó por aterrizar puntual… son sólo algunos de los sonidos que recuerdo de un viaje enemistado con el silencio… y yo sólo me preguntaba ¿Qué problema tenemos con el silencio?
 
¿Por qué como personas y como sociedad nos cuesta tanto permanecer en silencio? ¿Por qué nos da pánico estar sin escuchar nada? En el programa de esta semana de Pensamiento positivo, dedicado a ¿Cómo vivir sabiamente?, y que colgaremos dentro de unos días, Walter Riso nos proponía el ejercicio de estar un día entero en silencio… ¡Que gran propuesta!
 
El silencio nos permite concentrarnos en lo esencial, nos permite conectar con lo que somos y esto, en una sociedad que tiende a dispersarnos, es de agradecer.
 
Dos frases al respecto del silencio para cerrar el post de hoy:
 

La primera son los cuatro principios de los alquimistas: Querer, poder, osar y callar.

La otra es de Teresa de Calcuta: El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio.

Sergio Fernández

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