Sostengo que escribir un libro es como empujar un coche que se ha quedado sin batería. Si te ha sucedido esto alguna vez, sabrás que al principio cuesta un tremendo esfuerzo poner el coche en marcha; también que poco después, una vez está rodando lo que cuesta es detenerlo.

De repente, este fin de semana me he dado cuenta de que no era yo el que tiraba del libro que estoy escribiendo, sino que era el éste quien tiraba de mi. Me he dado cuenta de que era el texto quien mandaba y no yo. Me he dado cuenta de que era él el que empezaba a marcar los tiempos.

Un libro, como cualquier otro trabajo, necesita de mucha energía al principio. Necesita una fuerte determinación y compromiso para que salga adelante. Necesita visión, sí, pero necesita sobre todo tiempo. Mucho tiempo. Un tiempo siempre superior al que uno tiene previsto. Pero una vez invertido este tiempo inicial, si tienes suerte, se prende la chispa y entonces el libro empieza a reclamar su espacio en tu vida. Empieza a ser como un niño caprichoso que requiere de sus padres tiempo, atención y mimo.

Si se prende la chispa sucede que el libro empieza a colonizar tu imaginario y de repente, sin saber cómo, estás hablando con alguien o vas conduciendo o andando por la calle y aparece una idea, una modificación, una frase que exige tu plena atención.

Entonces, el libro empieza a ser como esas novias de la adolescencia que te llamaban cada cuarto de hora por teléfono. Empieza a hablarte todo el tiempo, a ganar presencia y de repente te encuentras con él aquí y allá. Este fin de semana, cuando me he dado cuenta de que esto era lo que me estaba pasando, he sabido que estaba condenado a unos días de tórrida relación intelectual con el libro. Este fin de semana he capitulado y me he rendido al manuscrito. Por un tiempo, él mandará, como consiguen hacerlo todos los proyectos cuando llega ese momento en el que uno sabe que por fin, han arrancado.

Sergio Fernández

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