De cada persona que ha pasado por mi vida, siempre he incorporado al menos una manera de ver el mundo, una manía, una costumbre, un plato, un autor… no sé, un algo.
 
Hoy pienso en un amigo que murió el pasado verano. De él aprendí sobre todo dos cosas. La primera es el amor irracional por la palabra y por la literatura, y con éste muchos autores y libros. La segunda, la coherencia, que él defendía, y ejemplificó hasta el último día de su vida.
 
El pasado viernes y con motivo del día del libro fui una persona afortunada: me regalaron una rosa y un libro. El libro, pura casualidad, era uno de los favoritos de este amigo. El autor, Galeano. El libro era El libro de los abrazos.
 
Y me ha absorbido, me ha ganado, me ha cautivado. Me lo he leído en una especie de maratón conmigo mismo. Hay libros que llegan en el momento adecuado. Hay libros que son verdad pura, palabra al servicio del alma, poesía inspiradora. Libros que te hacen pensar y sentir al mismo tiempo, que te encuentran rápidamente las cosquillas. Y cuando lo acabé me quedé sentado, en silencio, temblando del miedo a la belleza. Y entonces me di cuenta: tenía Galianitis en grado severo. Aunque algunas personas a lo largo del fin de semana me han comentado que podría, de hecho, ser crónica. No sé.
 
Te dejo con tres de las abundantes perlas de El libro de los abrazos…
 
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Una mañana nos regalaron un conejo de Indias. Llego a casa enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula. Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había dejado: jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del miedo a la libertad.
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Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadioff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre
– ¡Ayúdame a mirar!
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Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si t
odo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo.
Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: –“Decile a… -susurró el niño-. Decile a alguien, que yo estoy aquí”.
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Pues eso, que ojalá que la imaginación nos inunde la vida.
 
Sergio Fernández
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