Alguien dijo “Si lo quieres ver, míralo; en cuanto lo juzgues ya lo has perdido”.

Últimamente estoy fascinado por la idea de no juzgar, de no tener opinión sobre todas las cosas. Fascinado por la idea de no tener que defender mi punto de vista. Me pirria la idea de sólo mirar, en silencio. Nada más. La idea de escuchar atentamente lo que otras personas tienen que decirme y de hacerlo sin juzgar, sin tener que pensar si eso está bien o está mal. Aceptando simplemente que las cosas, las opiniones, las personas… son.

En medio de esta tendencia que no hace sino consolidarse en mi, de manera sigilosa pero segura, me encuentro hace unos días, dando un paseo por Biocultura, con un libro. Lo tomo entre las manos y el amigo con el que paseaba me dice: Es buenísimo. Cómpralo.

Y así lo hice.

El libro se llama Amar es liberarse del miedo. Y su autor es Gerald G. Jampolsky.

Y ayer ni pude ni quise evitarlo: tenía que inaugurar la primavera así que me fui a la Casa de Campo. Y allí, con un indiscutible olor a flores y con Madrid como testigo mudo al fondo, disfruté de la sabiduría de este libro.

El texto está lleno de hallazgos pero allí me encontré de nuevo esta idea de no juzgar. En concreto en su capítulo siete: Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra.

Otros de los capítulos, sobredosis de sentido común para vivir con sensatez, son:

– No soy víctima del mundo que veo.

– Este instante es el único timepo que existe.

– Todo lo que doy es a mi mismo a quien se lo doy.

– El perdón es la llave de la felicidad.

– Nunca estoy disgustado por la razón que creo.

Y mi propuesta para el día de hoy es de las de órdago… ¿Te animas a estar un día entero [sólo un día] sin juzgar?

Sergio Fernández

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