No sé cuál es la fórmula de la felicidad pero sé que uno de sus componentes, sin duda, es “expectativas cero”. Y así es como fui a ver la película El cónsul de Sodoma: con expectativas cero. Y, sin embargo, ha acabado siendo un regalazo.

Aunque lo cierto es que no había leído abundantemente a Jaime gil de Biedma, la Generación del 50 siempre ha despertado en mi cierta curiosidad, siendo uno de mis favoritos José Agustín Goytisolo [te recomiendo especialmente Palabras para Julia].

Quizá por eso pensé que sería buena idea acercarme a ver este biopic sobre Jaime Gil de Biedma al cine de verano.

Y aunque la película creo que tarda en arrancar, también creo que cuando lo hace, lo hace de verdad. Y va ganando en intensidad lentamente, hasta llegar a un último plano que a mi juicio es sencillamente deslumbrante.

Me ha gustado la sensibilidad con la que está dirigida la película y la interpretación, pero sobre todo escuchar los poemas de este miembro de la gauche divine cuya “poesía de la experiencia” me recuerda vagamente a mi “crecimiento personal de la experiencia”, con esa tendencia a escribir fundamentalmente de aquello que se ha experimentado…

Me gusta Gil de Biedma porque una de las mayores bendiciones que le pueden suceder a un escritor es encontrar sus temas. Y si esos temas además son temas vividos, entonces, ese poema o esa novela transpirará autenticidad. Y creo que Gil de Biedma encontró sus temas.

Hay escritores que encuentran sus temas, otros que no y otros que dan vueltas alrededor de ellos sin acabar de encontrar la forma de acercarse. Algo que por otra parte sospecho que no le sucede sólo a los escritores.

El tema del tiempo que se va, de la juventud que deja de serlo, de la rotundidad de cada tic tac del reloj…  ese es sin duda uno de los temas de Jaime gil de Biedma.

Te dejo con mi favorito…

NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Sergio Fernández

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