Cada vez que alguien me da las gracias por el libro, por el blog, por algún trabajo que haya realizado… me sucede lo mismo.

Amablemente respondo que es un placer, que de nada. Y me alegra ese agradecimiento. Pero a la vez, en lo más hondo de mi, siento que no hay nada que agradecer porque sólo estoy haciendo aquello que siento que he venido a hacer, aquello que no me queda más remedio que hacer.Y recibir gracias por algo que no te queda más remedio que hacer, la verdad que a veces me resulta un poco extraño.

Y resulta doblemente extraño porque resulta que además me tengo por una persona agradecida y que tengo por costumbre dar las gracias por cualquier cosa por la que pueda hacerlo. Y lo hago contento y convencido, porque tengo la constante sensación de que no paro de recibir… Así que aunque me paso el día dando las gracias, algo que por otro lado me hace especialmente feliz, por otro lado, cuando alguien me da, siento sinceramente que no hay motivo para ello.

En ocasiones soy contradicción pura. Espero que por ello, quién sabe, algo más humano.

Esto además demuestra que en la vida hay dos asignaturas que son igual de importantes y de difíciles, una es aprender a dar. La otra, aprender a recibir.

Sergio Fernández

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