Hay un tema que me preocupa últimamente: nuestra incapacidad como personas para escucharnos.
Ayer me ha vuelto a pasar: después de repetir un mismo tema por tercera vez, me he dado cuenta de que la otra persona me había oído pero no escuchado.
Y entonces me he acordado de algo que me llamó la atención la primera vez que me pasó. La primera vez que conté con los servicios de un coach, hace ya muchos años, recuerdo que me llamaba mucho la atención que, en ocasiones, cuando le hablaba, no me respondiera inmediatamente. Me dejaba ligeramente confundido que se tomara su tiempo para responderme.
Esta persona era alguien extraordinariamente rápido. Sin embargo era un gran escuchador. Y ser un gran escuchador supone en ocasiones tomarse un tiempo para dejarse impregnar por el discurso de la otra persona.
Esto me tomó algún tiempo comprenderlo.
Ser un gran escuchados supone dejarse impregnar de la energía de las palabras, más que de las palabras propiamente dichas.
Ser un buen escuchador supone ser una persona que no juzga, que es capaz de escuchar sin tener que emitir o pensar una opinión.
Creo que nuestra sociedad tiene un profundo déficit de escucha pero, sobre todo, de escucha a uno mismo, de escucha a lo que nos dice nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra alma…
En los últimos días he hablado con dos personas que en este sentido me han comentado prácticas que quizá puedan resultarte de interés.
La primera de ellas, se comprometió consigo misma a no interrumpir a la persona con la que estuviera hablando hasta que no terminara de hablar. ¿Parece sencillo, verdad?
La otra persona, para trabajarse la escucha a sí mismo, se va el último día de mes a reflexionar sobre su mes en completa soledad, en silencio. Sólo eso: un día en silencio.
He de reconocer que esta última práctica me dejó fascinado y quizá empiece a practicarla.
Sergio Fernández
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